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II Jornadas Internacionales sobre historia de la traducción no literaria

Durante los días 19, 20 y 21 tuvieron lugar en Valencia las II Jornadas Internacionales sobre historia de la traducción noCartel II Jornadas Internacionales Valencia literaria. Su organización estuvo a cargo de las profesoras e investigadoras Brigitte Lépinette y Julia Pinilla. El hilo conductor de las conferencias y comunicaciones fue “Los traductores de obras técnicas y científicas en la historia (hasta 1900)”. Confluyeron investigadores y profesores de distintas procedencias, disciplinas y enfoques, lo que enriqueció, no solo los contenidos, sino también la reflexión que se llevó a cabo y las discusiones posteriores. Me es imposible dar cuenta en estas breves líneas de la totalidad de aportes y debates, pero modestamente intentaré resumir las intervenciones para quienes no pudieron asistir y estén interesados por lo que allí se dijo. Comenzaré por dos conferencias y poco a poco iré versando en este espacio la totalidad, o casi, de las comunicaciones.

El traductor de textos no literarios en los siglos XVIII y XIX: enciclopedista, innovador y mediador
Gerda Haβler (Universidad de Potsdam)

La conferencia inaugural estuvo a cargo de la profesora Gerda Haβler, catedrática de lingüística románica y aplicada en la Universidad de Potsdam. Su discurso puso de relieve, una vez más, el papel de los traductores como mediadores en la difusión del saber científico en la España de finales del siglo XVIII. En un primer momento, una breve contextualización histórica y científica nos llevó desde la llamada « ciencia seria », pasando por la « falsa filosofía », hasta llegar al sensualismo, fundamento teórico que hace posible la fundación de la ciencia natural y la explicación de los principios por la realidad de lo dado. La versión lockiana de esta corriente pondrá de realce el papel del sensualismo como instrumento político: « verdadero método de estudiar para ser útil a la República y a la Iglesia » según Luis Antonio Verney (1716-1792). Si en ese momento también surgieron las Sociedades Económicas de Amigos del País, en las que se discutía, entre otros, del fomento de la industria popular o de la educación, la teoría y práctica de la economía política, estas fueron puestas bajo la protección real para que servir como instrumento del reformismo borbónico y de la difusión de las nuevas ideas y conocimientos científicos y técnicos de la Ilustración.

En esta coyuntura científica, Gerda Haβler estudia el papel de los traductores, y lo hace a partir de la publicación en 1788 de la traducción que Pedro Gutiérrez Bueno hace de la Enciclopedia Metódica, que pretendía promover el desarrollo científico y sobre todo económico en España. Su estudio revela que los traductores, no solo se limitaron a la traducción del francés al castellano, sino que presentaron un diccionario ilustrado y aumentado: suplementos, traducciones explicativas, citas de documentos de las sociedades económicas, o artículos de la pluma del traductor en el que daba a conocer escritos de científicos españoles o que remitían a determinadas leyes y ordenanzas. También se pone de manifiesto los conocimientos enciclopédicos de estos traductores, que actualizan los artículos de la Enciclopedia y los adaptan a la realidad española, llevando a cabo una « domesticación » de la obra original. Esta actividad traductora se enfrentó a varios problemas: la falta de diccionarios científicos y por consiguiente, de términos ya acuñados. Ello conllevó a una reflexión en torno a la terminología cuya solución pasó por la innovación terminológica, ya que la lengua carecía de términos científico-técnicos para designar las nuevas realidades que surgieron con la nueva ciencia. Esto puso de manifiesto la necesidad de realizar un trabajo lingüístico importante para crear, perfeccionar y reformar el lenguaje científico, pues: « Las lenguas […] son verdaderos métodos analíticos, con cuyo auxilio procedemos de lo conocido a lo desconocido y hasta cierto punto, al método de los matemáticos […] » según Morveau, Lavoisier, Bertholet Fourcroy/ Gutiérrez Bueno, (1788:4), citado por G. Haβler.

G. Haβler ha estudiado también el método de la nueva terminología en la traducción del Tratado Elemental de Química de Lavoisier. Obra que, una vez más,  puso de manifiesto la escasez de términos de la lengua castellana en ciencias naturales y artes y la necesidad de mejorar y reformar el lenguaje de la química para que fuese común a todos y facilitase la comunicación de los trabajos entre profesores y aficionados. En esta ocasión el traductor, Juan Manuel Munárriz, también tuvo que hacer frente a las lagunas semánticas en la denominación de los estados físicos. Aportó algunas soluciones como dejar las voces originales con los mismos caracteres del original y cuando la voz francesa no sonaba bien la aproximaba a la voz latina, aunque también propuso la creación de neologismos análogos o realizó adaptaciones o transposiciones al castellano. También era posible suprimir párrafos por considerarlos superfluos para la comprensión del sentido, inmorales, o contrarios a su religión o ideología. Así, el traductor Ignacio García Malo ((1760-1812) confesó haber recurrido a la supresión de expresiones en una traducción del inglés al castellano porque “las costumbres de Inglaterra están mas corrompidas que las nuestras, ó porque la índole de la lengua inglesa admite ciertas expresiones é idiotismos que sonarian mal en la nuestra” (citado por G. Haβler). Otras estrategias de traducción que llevó a cabo fue la moderación en el lenguaje para obviar asperezas morales, añadir notas léxicas para legitimar o aclarar la traducción de ciertos términos, puntualizaciones, etc. Inmaculada Urzainqui (citada por G. Haβler) ha revelado doce técnicas de traducción utilizadas a lo largo del siglo XVIII: restitución, selección, abreviación, acumulación, corrección, nacionalización, generalización, actualización, recreación, traducción, paráfrasis, continuación. De ello se desprende una preocupación por restituir el sentido de la obra original en detrimento de una traducción literal. Concluye su conferencia indicando que “los traductores contribuyeron a la difusión del saber enciclopédico, aportaron innovaciones terminológicas y textuales y fueron mediadores entre las culturas”.

La ciencia “popular” francesa hacia 1900: Camille Flammarion, Luis Figuier y sus traductores españoles
Agustí Nieto-Galán (Univ. Autónoma de Barcelona)

El profesor Agustí Nieto-Galán habló de las figuras de Camille Flammarion y Luis Figuier, representantes de la divulgación científica francesa a finales del siglo XIX y se interrogó acerca de la red internacional que pudieron establecer sus seguidores y de la que fueron protagonistas sus traductores. En primer lugar, A. Nieto-Galán presentó a C. Flammarion (1842-1925), astrónomo francés y miembro activo de varias sociedades científicas y de asociaciones que preconizaban la vulgarización de las ciencias « positivas ». Por lo tanto, gran vulgarizador que puso al alcance del gran público cuestiones astronómicas, atmosféricas y climáticas. Su obra más famosa, AstronomieAstronomía popular 1906 populaire (1880), se convirtió en un producto comercial en Europa y la red europea de astronomía popular que se fue creando merece, segٗún A. Nieto-Galán, un estudio más profundo. Uno de los traductores de C. Flammarion fue el astrónomo catalán Josep Comas i Solà (1868-1937), figura clave de la astronomía, quien tradujo la obra Astronomía Popular en 1906. Comas i Solà cumplió con un importante papel de periodista y divulgador científico dejando una abundante obra de literatura científica y de trabajos de divulgación astronómica. Fundador en 1911 de La Sociedad Astronómica de España y América “Sadeya”, que ha pervivido hasta nuestros días, y primer Director del Observatorio Fabra de Barcelona (1904), para Comas i Solà la divulgación científica era un deber. Cabe señalar que utilizaba la popularidad de C. Flammarion para legitimar su propio trabajo, y a medida que traduce la obra de C. Flammarion va colocando elementos de su propio trabajo. Otro agente importante en la divulgación de las obras científicas fue la Biblioteca Popular de l’Avens que consistía en la publicación de libros relevantes, pero de bajo coste. Fue evocado un segundo traductor de C. Flammarion: Rafael Patxot (1872-1964), meteorólogo y escritor catalán, mecenas cultural que tradujo Urània en 1903.

En segundo lugar, A. Nieto-Galán presentó al autor Louis Figuier (1819-1894), médico, escritor y vulgarizador francés, “personaje extraordinario para estudiar la historia científica a finales del siglo XIX”, según palabras de A. Nieto. L. Figuier abandonó la experimentación y se dedicó a divulgar la ciencia: intentó crear un “teatro científico”, cuyos personajes eran sabios o científicos, mas no tuvo éxito; trabajó como redactor del folletín científico La Presse, inventario exacto de las producciones científicas del año y fue redactor-jefe de la revista semanal de vulgarización científica, Science illustrée, en la que participaron Jules Verne et Camille Flammarion. Su obra Connais-toi toi même : notions de physiologie (1879), fue traducida por Gaspar Sentiñón, masón, libre pensador, higienista, seguidor de M. Bakunin, director de la revista La Salud, traductor de Ludwig Büchner (1873) y gran materialista, lo que no le impidió negociar con la librería religiosa para publicar la traducción de la obra de Figuier. La intervención de G. Sentiñón en la traducción fue muy importante. La traducción deVies des savants ilustres (1877) corrió a cargo de otro traductor, Pelegrí Casabó, cuya intervención en el texto era mínima.
Para concluir, Agustí Nieto-Galán llamó nuestra atención a propósito de algunas ideas clave de su estudio: en primer lugar, resaltó el lugar privilegiado en el que debe colocarse al traductor en el circuito de la edición del libro, pues tiene una posición epistemológica activa y ocupan un lugar importante en el circuito de comunicación, como ha podido observarse con traductores como Comas i Solà, Patxot, Sentiñón y Casabó. En segundo lugar, el libro de la ciencia se inscribe en un continuum de géneros: libro de texto, libro de ciencia “popular”, novela de ficción, etc. Y por último, la ciencia impresa supone un negocio editorial durante el siglo XIX y responde a intereses ideológicos, políticos y económicos. Por lo tanto, se observa que el estudio de los traductores permite reconstruir aspectos aún desconocidos en la historia de la ciencia española de finales del siglo XIX.

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